La importancia de las comunidades en el mantenimiento del patrimonio cultural inmaterial

Texto: Jaime Fernández, Fotografía: Jesús de Miguel Tribuna Complutense https://tribuna.ucm.es/

Aunque el patrimonio cultural inmaterial ha acompañado a los humanos desde prácticamente el principio de los tiempos, el concepto no apareció en un documento oficial hasta la Declaración de Estambul de 2002, promovida por la UNESCO. Allí se definía a dicho patrimonio como “un conjunto vivo y en perpetua recreación de prácticas, saberes y representaciones, que permite a los individuos y a las comunidades, en todos los niveles de la sociedad, expresar las maneras de concebir el mundo a través de sistemas de valores y referencias éticas”. Ahora bien, ¿a quién corresponde la conservación, o mejor aún, la salvaguardia de ese patrimonio? María Pía TimónPremio Nacional de Restauración y Conservación de Bienes Culturales 2021, ha asegurado en el curso “Dimensión internacional del patrimonio cultural: oportunidades para la gestión”, que es un patrimonio que depende, fundamentalmente, de las comunidades portadoras.

Ha explicado María Pía Timón que en realidad hay tres niveles de responsabilidad en la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial. Uno de ellos serían personas concretas que son fundamentales para las prácticas culturales representadas, como los palmeros de Elche o aquellos que saben dirigir una danza concreta. En un segundo nivel estarían los grupos o entidades sin ánimo de lucro que transmiten este tipo de patrimonio, y en el primer, y fundamental escalón, estarían las comunidades portadoras.

Para la conferenciante, estas comunidades son “redes de personas que mantienen viva la experiencia de ese patrimonio y son los legítimos poseedores de estos bienes y conocimientos”. De hecho, es la propia comunidad la que decide si se mantiene un patrimonio cultural inmaterial o no, más allá de lo que puedan decidir unas directrices políticas.

 

Considera Pía Timón que este tipo de patrimonio no se entiende sin la interiorización por parte de la comunidad portadora, que lo vive como algo fundamental de su identidad. Es, por tanto, un elemento de la memoria colectiva viva que se experimenta como una vivencia y que, aunque mira al pasado y al futuro, debe realizarse en el presente.

La recreación de este patrimonio cultural inmaterial es lo que hace que se mantenga vivo y dinámico, de tal manera que es la propia comunidad la que la autorregula y genera mecanismos de adaptación a entornos naturales, sociales, económicos, políticos, culturales e históricos que siempre son cambiantes e imprevisibles.

Para la Premio Nacional, el patrimonio cultural inmaterial mantiene además una relación estrecha con el tiempo y con un marco espacial concreto. Opina, por tanto, que no tiene ningún sentido, como ocurrió en tiempos de pandemia, el hecho de cambiar fiestas en el calendario. Teniendo en cuenta, sobre todo, que el patrimonio cultural inmaterial no es solamente el momento de exhibición o producción, sino que incluye todos los pasos previos y los posteriores, y eso es fundamental tenerlo en cuenta a la hora de analizarlo, ya que todo ese entorno forma parte también de la identidad de las comunidades que se relacionan con dicho patrimonio.

Alerta también de la importancia de pensar en el patrimonio cultural inmaterial a la hora de desarrollar obras públicas y políticas urbanísticas, para que no impidan el desarrollo de algunas fiestas. Y también hay que preocuparse por otras amenazas de desaparición como conflictos, intolerancias o comercialización excesiva, ya que “este es uno de los patrimonios más vulnerables”.

Para protegerlo, existen normativas como la ya mencionada Declaración de Estambul y otras modélicas como la Ley de salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial de las Illes Balears, de 2019.



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